Madrid ya es la primera economía del Estado

  • Mientras en Andalucía el gobierno cerraba bancos, ferrocarriles e industrias, aumentaba su esfuerzo por engrandecer la villa y le llevaba miles de objetos artísticos detraídos a museos o de yacimientos andaluces, para enriquecer sus museos

Por fin. Después de 458 años; después de que a un rey, Carlos III, se le llegara a llamar “mejor alcalde de Madrid” (Un rey “alcalde” ¿es posible? ¿Cuántas regalías, cuanta preferencia derramaría el francés sobre la villa hecha capital, para merecer ese apelativo?). Parece injusto que un rey, o un gobierno, se vuelque en la capital para hacerla crecer, para aumentar su importancia, de la única manera posible: a costa de los cientos de ciudades y pueblos abandonados, para que su emigración forzada pudiera llenar una ciudad hecha crecer a fuerza de favores gubernamentales. No parece. Lo es. El centralismo no reside en la ubicación, es una cuestión de procedimiento, de carácter. Todos los estados tienen una capital, pero no todos abandonan la periferia para centrarse en ella, empeñados en convertirla en la primera ciudad, a costa de lo que sea. Brasilia, Canberra, Washington y otras muchas capitales estatales no son la ciudad más grande de su estado correspondiente, ni las que tienen más industria, porque la industria y el crecimiento no les ha venido como un favor del gobierno. Cada ciudad y cada comarca, departamento, provincia, lánder, estado, han tenido su propia dinámica porque todas han recibido del gobierno un trato similar, cuando no idéntico. No es el caso de Madrid que, mientras en Andalucía el gobierno cerraba bancos, ferrocarriles e industrias, aumentaba su esfuerzo por engrandecer la villa y le llevaba miles de objetos artísticos detraídos a museos o de yacimientos andaluces, para enriquecer sus museos. Un expolio en toda regla, propio del comportamiento depredador de los conquistadores.

Madrid no es la ciudad ni la Comunidad con más industria, sólo con más burocracia, con mayor peso administrativo y con mayor número de sedes centrales de empresas importantes, bancos, inversoras, fondos buitre, en definitiva, todo lo que acumula riqueza en sus manos pero no la produce, o empresas que sólo venden en la ciudad un pequeño porcentaje de su producción, las más de las veces tampoco producida en Madrid, pero ingresa en su sede de Hacienda los impuestos pagados por los compradores en todos los rincones del Estado. Cada vez que se echa gasolina, o se abona un seguro, o se gasta en el super, todos estamos aportando a la mayor riqueza de la “capi”. Esa supremacía, esa preferencia, la obligatoriedad de acudir a Madrid para todo, a pasar por Madrid para todo, la ha elevado a primera economía del Estado, pese a estar muy lejos de ser la que más produce. Su turismo se enriquece con las obras de arte expoliadas a Andalucía, que casi llenan sus principales museos, el del Prado y el Arqueológico Nacional. Se beneficia del paso obligado de cuantas personas y bienes precisan cruzar la península. Recibe y declara impuestos de todos los rincones del reino. Así presume de ser “la capi”. Eso es centralismo. Centralismo es aquello que le quita algo a los demás para enriquecerse a su costa. No ha conseguido el objetivo fijado a finales del XIX, de igualar o superar a Berlín, Londres y París, pese a practicarse un centralismo mucho más acendrado y perjudicial que el que pueda haber en Alemania, Reino Unido ó incluso en Francia. Pero ha conseguido el principal objetivo real de las autoridades centrales y centralistas: Superar a Barcelona y orillar Andalucía, a la que han ido despojando de todos sus medios de vida. Pese a todo, Andalucía continúa siendo la tercera economía del Estado. La segunda cuando Cataluña se independice. Ello prueba que Andalucía ni es indolente ni falta de iniciativa. Si no se le hubieran quitado bancos, cajas de ahorros, empresas, minas, ferrocarriles, todo tipo de comunicaciones internas y externas salvo las que confluyen en “la capi”, puede pensarse la fortaleza de que gozaría la Comunidad andaluza. Los últimos robos de industria andaluza: fábricas de automóviles, astilleros, textiles, azúcar y el cultivo de algodón y el de remolacha azucarera, dan fe de este expolio que empezó en 1840 y continúa todavía hoy, ciento ochenta años después.

Llamativo, más aún: escandaloso es que el Corredor del Mediterráneo deba pasar por Madrid, y el Atlántico, después de marcar un rocambolesco círculo termine en Madrid también, sin cruzar más población atlántica que Donosti, porque  por algún lugar tiene que entrar en la península desde Francia. Cuando el inactivo Felipe II decidió vivir tranquilo e instalar su corte en un pequeño pueblo aislado en la Meseta, seguramente no pudo preverlo. Sin embargo él empezó a imprimir el cambio, superlativo con los reyes siguientes, sedientos todos de vivir en la ciudad “más importante”. Aunque la Meseta se despoblara más de lo que ya estaba. Aunque se dejara Andalucía exhausta y empobrecida. Todo daba igual. Todo ha dado, todo da igual, con tal de tener una de las capitales de Estado más grandes de Europa. Aunque ni por densidad de población ni por recursos económicos, el Estado español pueda compararse con los estados ricos de Europa. Es que no hay ministerio de igualdad, sino de igual da.

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