Odia el delito

Odia el delito

octubre 25, 2019 0 Por Rafael Sanmartin
  • El ridículo que el régimen español lleva acumulado ante Europa y el mundo se hubiera hinchado hasta reventar, de haberse mantenido estas figuras en la sentencia del “procès”.

En el vestíbulo de la antigua cárcel de Ranilla, en Sevilla, un azulejo pedía: “Odia el delito y compadece al delincuente”. El cartel del despacho del Juez de Paz de Alcalá de Guadaíra, guardaba cierta semejanza en sentido opuesto: “Acuérdate del pobre panadero”. El “pobre” panadero tuvo la mala suerte, recién salido de madrugada para repartir el pan, de encontrarse un hombre apuñalado al que intentó prestar auxilio, momento en que aparecieron varias personas que lo confundieron con el desconocido asesino, testificaron en su contra y fue ajusticiado por un crimen, cuando lo que intentó fue ayudar al moribundo. Un castigo injusto sin posibilidad de reparación, sólo descubierto al cabo de bastantes años, el verdadero asesino se entregó.

Odiar el delito es necesario, es conveniente, es legítimo cuando hay delito. Los “juicios paralelos”, las “sentencias populares” y, peor aún, el apaleamiento psíquico y moral que los políticos y sus incultos-estériles incondicionales dedican a forzados “sospechosos” cuando no existe coincidencia política, quizá debería ser perseguido por la fiscalía, siquiera con el mismo ardor con que se acusa a los primeros. Al final resulta que no ha habido ni rebelión ni, menos aún, “golpe de Estado”. El ridículo que el régimen español lleva acumulado ante Europa y el mundo se hubiera hinchado hasta reventar, de haberse mantenido estas figuras en la sentencia del “procès”. Al final sólo ha quedado clara la gratuita violencia policial que, pese a todo, no va a ser juzgada. Ni siquiera valorada, en tanto es la violencia del Estado. Pero hay más: si la sedición es el intento de separarse del Estado, esto es ser independentista. Y si, como afirmó Llarena, no se les acusa de independentismo” ¿dónde está el delito de sedición?

La palabra “democracia” es una contracción de dos términos griegos: “demos” (pueblo) y “kracia” (gobierno). Democracia no es votar cada cierto tiempo. Es el Gobierno del Pueblo. Votar es otorgar representatividad, lo que tiene el efecto “rebote” de la negativa inhibición personal, la cómoda no participación, la concesión a que todo nos lo resuelvan otros. Hoy no es posible reunir a la gente en el “ágora” salvo en pequeñas poblaciones. Pero incluso la representatividad puede ser más justa, podría ser más certera, si se eligigieran representantes directos en vez de la partitocracia impuesta por la actual ley electoral española.

Frente a esa partitocracia, esa forma de ponerlo todo a voluntad de los dirigentes de los partidos, hay formas de practicar democracia: por ejemplo, hacer públicas las leyes durante el periodo de gestación para permitir la participación individual; someter todo a referéndum como, por ejemplo, se hace en Suiza. Y ya surgió el conflicto. Para minorar la democracia se eligen partidos, sistema muy beneficioso para los partidos. Para ocultarla, para inhibirla e impedirla se omiten o se prohíben los referéndum.

Si, como afirman, los números auguraban un fracaso del independentismo ¿qué temía el gobierno de Rajoy cuando prohibió el referéndum en Cataluña? En vez del diálogo, propio de un sistema democrático, optaron por la imposición, por la negación a toda solución democrática y por judicializar el proceso. Que podría ser tanto como politizar la Justicia. ¿O la judicatura? ¿Qué se ha politizado al final?

Al final, el hazmerreir de Europa se ha convertido en estupor: cuesta mucho creer que pase lo que está pasando en un Estado de la Unión Europea. Los estados realmente demócratas ya no ríen sólo lamentan. Al final no había rebelión  ni más golpes que las porras. Pero no sólo Llarena, Casado, Rivera, e Inés (del armamía) han quedado fatal, pero no sufren el escarnio, encerrados en su caparazón de “complot de Europa contra España“. Ese es el problema: seguirán viendo “complots judeomasónicos” y animadversión dónde lo que hay es un sentido de la democracia y la Justicia al que estos “mostruos sagrados” del retroceso ni llegan ni pueden llegar.