La moda del odio

La moda del odio

septiembre 30, 2019 0 Por Rafael Sanmartin

Es que parece una moda. Y las modas suelen ser bien vistas, pues hoy no se mide por alto o bajo, bueno o malo, bonito o feo. La única comparativa, la única clasificación se ha reducido a “antiguo y moderno”. Con el añadido de que lo moderno es bueno, aunque sea un adefesio. Una torre de cuarenta plantas, aunque rompa el perfil longitudinal de la ciudad, aunque exporte calor en dirección al centro, aunque demuestre menos imaginación que repetir modelos, como es moelno es bueno. Así, lo que pierde interés, calidad, prestigio, es lo antiguo “hay que ver que antiguo”. “Eso es muy antiguo”, expresiones con que dar de lado a cualquier cosa, por más imaginación, arte o calidad contenga. Una pena. Con ese criterio (si se le puede llamar criterio) hemos perdido una parte muy elevada de nuestro Patrimonio. Una parte que nos enriquecería cultural, didáctica y económicamente, porque además de todo lo anterior constituyen acicates para el visitante; para el turismo de calidad. Y más: por ejemplo, a Miklós Jancsón le gustaba rodar en Praga “porque podía hacer 360º sin dejar de ver edificios antiguos”. Es que el húngaro era “muy antiguo” ¿verdad? Con lo bien que habrían quedado sus películas sin misterio, sin poesía, sin luz, sin arte, en una Avenida larga, larga, toda de cajas de zapatos con ventanas. No sólo por eso, pero también por eso las de Jancsón son obras de arte.

Menudo criterio, clasificar las cosas sólo por su antigüedad o modernidad. Eso institucionaliza cualquier bodrio, cualquier insulto visual, cualquier desastre, sólo por “moderno”. Pues entre las modas y la importancia de ser moderno, se ha puesto de moda el odio, en realidad el calificativo, que odios ha habido siempre, aunque no estuvieran tan de moda. Como hay una ley para tipificarlo delito, es muy socorrido hablar de “odio”. Por si cuela, más bien. Si se comenta una determinada forma de hacer política, si se rechaza la labor acumuladora y empobrecedora de los bancos y otras situaciones propias del régimen no renovado pese a las ruedas de molino de una democracia sin estrenar, se acusa de “odio”. Y hasta hay quienes llevan el supuesto-presunto delito a los tribunales, a ver si cuela, tranquilizados en que todo lo más puede no serles admitida la denuncia, o perder el juicio. No importa. Lo fundamental del “derecho fundamental” (no fundamentado), es incidir y reincidir. No hay más verdad que la que unos iluminados sin luminaria pese al enchufe, quieran imponer. Que para eso su educación y su tradición se sustentan en tan equivoca palabra.

Será por amedrentar; por falta de recursos dialécticos y legales, ya sabrán por qué, mantienen la moda de buscar a quien odian los demás; acusar de odio por pensar de forma distinta. Tanto decir “odio” como reverso de su particular sentido del “patriotismo”, sin llegar ni a patrioterismo, tanto odiar a quien piensa diferente, porque, al fin y al cabo ¿no será odio verdadero cuando acusan de odio sin razón? Tanto desear y reclamar soluciones militares por no ser cristianos o por reclamar democracia, sí que denota bien a las claras de donde parte el odio y hacia dónde. quien odia a quien. O mejor hacia quien. Por ejemplo: ¿por qué contar verdades históricas es “incitación al odio”? Se puede ser inculto, aunque es una pena, pero lo grave es encerrarse en serlo. ¿Por qué es “odio” denunciar a los responsables de la degradación del planeta? El odio es un sentimiento devastador. El odio mata. ¿Quiénes son, entonces, productores de odio?C