Aquel día de aquel año

Aquel día de aquel año

diciembre 2, 2019 1 Por Rafael Sanmartin
  • “Autonombrados representantes exclusivos del sentir de los andaluces. desautorizan y orillan a quien temen que pudiera hacerles algo de sombra”

Hay quien ni recuerda cuando fue. Ni dónde. Ni cómo. Ni por qué, ni para qué.  No lo sabe por su incapacidad para hacer el esfuerzo de aprender. Se auto nombran “representantes exclusivos permanentes del pueblo andaluz” y se lo creen. Lanzan diatribas contra quien hace un comentario aunque no sea negativo, les basta con que no sea laudatorio y, como el de la paja en el ojo ajeno, su egolatría les incapacita para extraer la viga del suyo. Y como autonombrados representantes exclusivos del sentir y el interés de los andaluces, desautorizan y orillan a quien temen que pudiera hacerles algo de sombra, aunque mínima, tanto si es buscado ex-profeso como si es casual ó resultado del posible brillo que pudiera darle su trayectoria.

Son, en realidad, quienes temen al 4 de diciembre. Le temen a la realidad del 4 de diciembre. En 1977 un pequeño grupo protagonizó la que puede considerarse una de las mayores epopeyas del siglo XX. Pero el figurar estaba ausente de su dinámica. Por deseo de obtener resultados, convencidos de que Andalucía es de todos, se decidió practicar unidad. Por eso en aquella ocasión sólo quedaron fuera los grupos y personas que así lo decidieron. Muy pocos, por cierto. Más de cuarenta grupos políticos, sindicales, sociales y culturales y un buen número de personalidades de las letras, la historia, el arte y la enseñanza estuvieron desde el primer día en la organización de la mayor manifestación que se haya conocido en la historia de Andalucía. Rectificados los cicateros números disminuidos por los gobiernos civiles de la época en la información servida, casi cuatro millones de andaluces, de una población de seis millones y medio, salió a la calle en Andalucía aquel 4 de diciembre. Y casi otros cuatrocientos mil en Barcelona, Bilbao y Madrid, en apoyo de Andalucía.

Entonces también hubo quienes temían al 4 de diciembre: entonces, como hay más de una forma de establecer un boicot, se opusieron abierta y directamente a la manifestación. La boicotearon hasta que, convencidos de que el pueblo andaluz sabría valorar su ausente oposición, decidieron capitanearla, los parlamentarios “representantes del pueblo” se bastaban ellos solos. Y dieron de lado a quienes llevaban meses preparándola e invitándoles a participar una y otra vez. Pero, como hubo un solo protagonismo y no era de los promotores, estos, conscientes de que dos manifestaciones habrían confundido y dividido al pueblo andaluz, se retiraron para sumarse a la convocada por los partidos detentadores del poder. Su interés siempre había estado en Andalucía, no en sí mismos. Y cuarenta organizaciones desconvocaron para evitar la división. Un acto de generosidad nunca reconocido, que tampoco ha quitado el sueño a ninguno de los promotores, verdaderos artífices de aquella multitudinaria manifestación.

Ni para los miembros del grupo cultural “Averroes”, ni para los de ninguna de las cuarenta organizaciones que respondieron a su llamada, estaban las personas por delante de las ideas. Por eso el único protagonismo que pudo sobresalir fue el de los parlamentarios, cuyo objeto era capitalizarlo; tanto que, sólo a regañadientes, aceptaron que, delante de la “cabecera” repleta de representantes políticos, estuviera presidida por la bandera y el futuro: doce niños, doce hijos del pueblo sin connotación partidista alguna, portaron la bandera de Blas Infante, sacada de dónde con tanto mimo la guardaba su hija María Luisa, para tan especial ocasión.

Sólo así pueden funcionar los pueblos. Los partidos parlamentarios, los únicos capaces de colocar su egolatría por delante, para parecer protagonistas, engañaron y traicionaron arteramente a Andalucía. Después de aquello y del siguiente hipócrita fingimento del 28 de febrero, vaciaron la autonomía de contenido para terminar poniéndola en manos de los más acendrados y reconocidos enemigos de Andalucía.

Da igual de dónde parta el protagonismo. Da igual quienes prefieran su propio ego por encima de los intereses del pueblo andaluz. Da igual quien quiera dividir y confundir a los andaluces con una egolatría tan innecesaria como nefasta. La egolatría, la hipocresía, el protagonismo, sobran siempre. Puede haber andaluces de diversas ideologías, de múltiples sensibilidades. Pero la defensa de nuestros derechos debe ser común, compartida, sin perjuicio de que luego cada cual la plantee según su idea y estructura. Pero erigirse en “salvadores de la patria” es el acto más antidemocrático que tantas desgracias ha traído a Andalucía y al Estado a lo largo de los siglos. Autoerigirse en algo es grave. Dejar fuera a quienes pudiera ser tuvieran algún criterio ligeramente divergente con los crecidos dirigentes por su propia gracia, con “popes” auto nombrados, es muy grave. Más grave aún porque cuando ese ego parte de quien no cuenta con más representatividad que la auto-atribuida, se pierden energías, se provoca confusión, se divide a la gente.

Y todavía peor cuando se intenta ocultar el ego propio, único móvil posible para establecer una convocatoria restringida a su voluntad, se acusa de “ego” a quienes esos mismos ególatras han dejado fuera para impedir que el posible crédito ó prestigio de su trayectoria histórica pudiera contribuir a disminuir, aunque fuera en mínima proporción, el pretendido para sí mismos, sin más lustre ni mérito que el auto-concedido. El resultado es, como están demostrando los hechos, disminuir progresivamente el número de participantes en la reivindicación de los derechos de Andalucía. Salvo que sea eso lo que buscan, no se entiende semejante afán de lucimiento personal.